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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
1
UNA REUNIÓN
| A FINES DE OCTUBRE, don Santiago
de los Santos, conocido popularmente bajo el nombre de Capitán Tiago1,
daba una cena, que, a pesar de haberlo anunciado aquella tarde tan sólo
contra su costumbre, era ya el tema de todas las conversaciones en Binondo2,
en otros arrabales y hasta en Intramuros. Capitán Tiago pasaba entonces
por el hombre más rumboso, y se sabía que su casa, como su
país, no cerraba las puertas a nadie, como no sea al comercio o
a toda idea nueva o atrevida.
Cual una sacudida eléctrica corrió la noticia en el mundo de los parásitos, moscas o colados que Dios crió en su infinita bondad y tan cariñosamente multiplica en Manila. Unos buscaron betún para sus botas; otros, botones y corbata, pero todos preocupados del modo como habían de saludar más familiarmente al dueño de la casa, para hacer creer en antiguas amistades, o excusarse, si a mano viene, de no haber podido acudir más temprano. Se daba esta cena en una casa de la calle Anloague3, y, ya que no recordamos su número, la describiremos de manera que se la reconozca aún, si es que los temblores no la han arruinado. No creemos que su dueño la haga derribar, porque de este trabajo ordinariamente se encarga allí Dios o la Naturaleza, que también tiene de nuestro Gobierno muchas obras contratadas. Es ello un edificio bastante grande, a estilo de los muchos del país, situado hacia la parte que da a un brazo del Pasig, llamado por algunos ría de Binondo4, y que se desempeña, como todos los ríos de Manila, el múltiple papel de baño, alcantarilla, lavadero, pesquería, medio de transporte y comunicación y hasta agua potable si lo tiene por conveniente el chino aguador. Es de notar que esta poderosa arteria del arrabal, en donde más el tráfico bulle y aturde el vaivén, en una distancia de casi un kilómetro, apenas cuenta con un puente de madera, descompuesto por un lado durante seis meses e intransitable por el otro el resto del año, de tal suerte que los caballos en la temporada de calor aprovechan este permanente statu quo para desde allí saltar al agua, con gran sorpresa del distraído mortal que en el interior del coche dormita o filosofa sobre los progresos del siglo. La casa que aludimos es algo baja y de líneas
no muy correctas: que el arquitecto que la haya construido no viera bien
o que Pues que no hay porteros ni criados que pidan o pregunten por el billete de invitación, subiremos, ¡oh tú que me lees, amigo o enemigo!, si es que te atraen a ti los acordes de la orquesta, la luz o el significativo clin-clan de la vajilla y de los cubiertos, y quieres ver cómo son las reuniones allá en la Perla del Oriente.5 Con gusto y por comodidad mía te ahorraría a ti de la descripción de la casa, pero esto es tan importante, pues nosotros los mortales en general somos como las tortugas: valemos y nos clasifican por nuestras conchas; pero esto y otras cualidades más como tortugas son también los mortales de Filipinas. Si subimos, nos encontraremos de golpe en una espaciosa estancia, llamada allí caida no sé por qué,6 que esta noche sirve de comedor al mismo tiempo que salón de la orquesta. En medio, una larga mesa, adornada profusa y lujosamente, parece guiñar al colado con dulces promesas y amenazar a la tímida joven, a la sencilla dalaga7, con dos horas mortales en compañía de extraños, cuyo lenguaje y conversación suelen tener un carácter muy particular. Contrastando con estos terrenales preparativos están los abigarrados cuadros de las paredes, representando asuntos religiosos como El Purgatorio, El Infierno, El Juicio final, La Muerte del Justo, La del Pecador, y en el fondo, aprisionado en un espléndido y elegante marco estilo del Renacimiento que Arévalo tallara, un curioso lienzo de grandes dimensiones en que se ven dos viejas... La Inscripción dice: Ntra. Sra. De la Paz y Buenviaje, que se venera en Antipolo, bajo el aspecto de una mendiga, visita en su enfermedad a la piadosa y célebre capitana Inés. La composición, si no revela mucho gusto ni arte, tiene en cambio sobrado realismo: la enferma parece ya un cadáver en putrefacción por los tintes amarillos y azules de su rostro; los vasos y demás objetos, ese cortejo de las largas enfermedades, están reproducidos tan minuciosamente que se ven hasta sus contenidos. Al contemplar estos cuadros que excitan el apetito e inspiran ideas bucólicas, acaso piense alguno que el maligno dueño de la casa conocía muy bien el carácter de la mayor parte de los que se han de sentar a la mesa, y para velar un poco su pensamiento ha colgado del plafón preciosas lámparas de China, jaulas sin pájaros, esferas de cristal azogado, rojas, verdes y azules, plantas aéreas marchitas, pescados disecados e inflados, que llaman botetes, etc., cerrando el todo por el lado que mira al río con caprichosos arcos de madera, medio chinescos, medio europeos y dejando ver en una azotea emparrados y glorietas alumbrados escasamente por farolitos de papel de todos colores. Allá en la sala están los que han de comer, entre colosales espejos y brillantes arañas: allá, sobre una tarima de pino, está el magnífico piano de cola de un precio exorbitante, y más precioso aún esta noche, porque nadie lo toca. Allá hay un gran retrato al óleo de un hombre bonito, de frac, tieso, recto, simétrico como el bastón de borlas que lleva entre sus rígidos dedos cubiertos de anillos: el retrato parece decir: - ¡Hjm!, ¡mirad cuanto llevo puesto y que serio estoy!. Los muebles son elegantes, acaso incómodos y malsanos: el dueño de la casa no pensaría en la higiene de sus convidados sino en el propio lujo, ¡Es cosa terrible la disentería, pero, os sentáis en sillones de Europa y eso no se tiene siempre!, les diría él. La sala está casi llena de gente: los hombres separados de las
mujeres como en las iglesias católicas y en las sinagogas. Ellas
son unas cuantas jóvenes entre filipinas y españolas: abrían
la boca para contener un bostezo pero la tapaban al instante con sus abanicos;
apenas murmuraban algunas palabras; cualquier conversación que se
aventuraba moría entre monosílabos, como esos ruidos que
se oyen de noche en la casa, ruidos causados por ratones y lagartijas.
¿Son acaso las imágenes de diferentes Nuestras Señoras
que cuelgan de las paredes las que las obligan a guardar el silencio y
la compostura religiosa, o es que aquí las mujeres forman una excepción?.
- ¡Jesús!. ¡Esperad, indignos!. Y no volvió a aparecer. En cuanto a los hombres, éstos ya hacían más ruido. Algunos cadetes hablaban con animación, pero en voz baja, en uno de los rincones, mirando de cuando en cuando y señalando a veces con el dedo a varias personas de la sala, y se reían entre ellos más o menos disimuladamente; en cambio, dos extranjeros, vestidos de blanco, cruzadas las manos detrás y sin decir palabra, se paseaban de un extremo a otro de la sala a grandes pasos, como hacen los aburridos pasajeros sobre la cubierta de un buque. Todo el interés y la mayor animación partían de un grupo formado por dos religiosos, dos paisanos y un militar alrededor de una mesita en que se veían botellas de vino y bizcochos ingleses. Un militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta;
parecía un Duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia
Civil; hablaba poco, pero duro y breve. Uno de los frailes, un joven dominico,
hermoso, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, tenía
una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y fue en años anteriores
catedrático en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado
dialéctico, tanto que en aquellos tiempos, cuando los hijos de Guzmán9
se atrevían aún a luchar en sutilezas con los seglares, el
hábil argumentador B. de Luna10
no había podido jamás embrollarle ni cogerle: los distingos
de Fr. Sibyla le dejaban como al pescador que quiere coger anguilas con
lazos. El dominico hablaba poco y parecía pesar sus palabras.
Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía de notable la nariz que, a juzgar por sus dimensiones, no debía ser suya; el otro, un joven rubio, parecía recién llegado al país: con éste sostenía el franciscano una viva discusión. -Ya lo verá –decía éste-, como cuente en el país algunos meses, se va a convencer de lo que le digo: una cosa es gobernar en Madrid y otra es estar en Filipinas. - Pero... - Yo por ejemplo –continuó Fr. Dámaso levantando más la voz para no dejarle al otro la palabra-, yo que cuento ya veintitrés años de plátano y morisqueta12, yo puedo hablar con autoridad sobre ello. No me salga usted con teorías ni retóricas, yo conozco al indio13. Haga cuenta que desde que llegué al país, fui destinado a un pueblo, pequeño, es verdad, pero muy dedicado a la agricultura. Todavía no entendía yo muy bien el tagalo, pero ya confesaba a las mujeres, y nos entendíamos, y tanto me llegaron a querer que tres años después, cuando me pasaron a otro pueblo mayor, vacante por la muerte del cura indio, todas se pusieron a llorar, me colmaron de regalos, me acompañaron con música... - Pero eso sólo demuestra... - ¡Espere, espere!, ¡no sea tan vivo!. El que me sucedió permaneció menos tiempo, y cuando salió tuvo más acompañamiento, más lágrimas y más música y eso que pegaba más y había subido los derechos de la parroquia casi el doble. - Pero Ud. me permitirá... - Aún más, en el pueblo de San Diego he estado veinte
años y sólo hace algunos meses que lo he... dejado –aquí
pareció disgustarse-. Veinte años, no me lo podrá
negar nadie, son más que suficientes para conocer un pueblo. San
Diego tenía seis mil almas, y conocía a cada habitante como
si yo le hubiese parido y amamantado: sabía de que pie cojeaba éste,
donde le apretaba el zapato a aquél, quién hacía el
amor a aquella dalaga, qué deslices había tenido ésta
y con quién, cuál era el verdadero padre del chico, etc.,
como que confesaba a todo bicho; se guardaban bien de faltar a su deber.
Dígalo, si miento, Santiago, el dueño de la casa; allí
tiene muchas tierras y allí fue donde hicimos nuestras amistades.
Pues bien, verá Ud., lo que es el indio; cuando salí, apenas
me acompañaron unas viejas y algunos hermanos terceros, y ¡eso
que he estado veinte años!.
Fr. Dámaso, lleno de sorpresa, por poco deja caer la copa. Quedóse un momento mirando de hito en hito al joven y: - ¿Cómo?, ¿cómo? –exclamó después con la mayor extrañeza-. Pero, ¿es posible que no vea Ud. eso que es claro como la luz?. ¿No ve Ud., hijo de Dios, que todo esto prueba palpablemente que las reformas de los ministerios son irracionales?. Esta vez fue el rubio el que quedó perplejo; el teniente arrugó más las cejas; el hombre pequeñito movía la cabeza como para dar razón a Fr. Dámaso o para negársela. El dominico se contentó con volverles casi las espaldas a todos. - ¿Cree Ud. ...? –pudo al fin preguntar muy serio el joven y mirando lleno de curiosidad al fraile. - ¿Qué si creo?. ¡Cómo en el Evangelio!. ¡El indio es tan indolente!. - ¡Ah!, perdone Ud. que le interrumpa –dijo el joven bajando la voz y acercando un poco su silla-, Ud. ha pronunciado una palabra que llama todo mi interés: ¿existe verdaderamente, nativa, esa indolencia en los naturales, o sucede, según un viajero extranjero, que nosotros excusamos con esta indolencia la nuestra propia, nuestro atraso y nuestro sistema colonial?. Hablaba de otras colonias cuyos habitantes son de la misma raza... - ¡Ca!. ¡Envidias!. Pregúnteselo al Sr. Laruja que también conoce el país, ¡pregúntele si la ignorancia y la indolencia del indio tiene igual!. - En efecto –contestó el hombre pequeñito que era el aludido-, en ninguna parte del mundo puede Ud. ver otro más indolente que el indio, ¡en ninguna parte del mundo!. - ¡Ni otro más vicioso, ni más ingrato!. - ¡Ni más mal educado!. El joven rubio principió a mirar con inquietud a todas partes. - Señores –dijo en voz baja-, creo que estamos en casa de un
indio, esas señoritas...
- ¿Es acaso eso que Ud. llama tinola una fruta de la especie del loto que vuelve a los hombres .. así... como olvidadizos?. - ¡Qué loto ni qué lotería! –contesta riendo el P. Dámaso-. Está Ud. tocando el bombo. Tinola es un gulaí17 de gallina y calabaza. ¿Cuánto tiempo hace que ha llegado Ud.?. - Cuatro días –contestó el joven algo picado. - ¿Viene como empleado?.
- ¡Hombre, qué pájaro más raro! -exclamó Fr. Dámaso mirándole con curiosidad-¡Venir por cuenta propia y por tonterías!. ¡Qué fenómeno!. Habiendo tantos libros... con tener dos dedos de frente... ¡muchos han escrito así grandes libros!. Con tener dos dedos de frente... - Decía V.R., P. Dámaso –interrumpió bruscamente el dominico cortando la conversación-, que había estado veinte años en el pueblo de San Diego y lo ha dejado... ¿no estaba V.R.18 contento del pueblo?. Fr. Dámaso a esta pregunta, hecha con un tono tan natural y casi negligente, perdió repentinamente la alegría y dejó de reír. - ¡No! –gruñó secamente y se dejó caer con violencia contra el respaldo del sillón. El dominico prosiguió en tono más indiferente aún: - Doloroso debe ser dejar un pueblo donde se ha estado veinte años, y que se conoce como el hábito que se lleva. Yo, al menos, sentí dejar Camiling, y eso que estuve pocos meses... pero los superiores lo hacían para bien de la Comunidad... era también para bien mío. Fr. Dámaso por primera vez en aquella noche parecía muy preocupado. De repente dio un puñetazo sobre el brazo de su sillón y respirando con fuerza exclamó: - ¡O hay religión o no la hay, esto es, o los curas son libres o no!. ¡El país se pierde, está perdido!. Y volvió a dar otro puñetazo. Toda la sala sorprendida, se volvió hacia el grupo: el dominico levantó la cabeza para mirarle por debajo de sus gafas. Los dos extranjeros que se paseaban paránrose un momento, se miraron, se enseñaron un poco sus dientes incisivos y continuaron acto seguido el paseo. - ¡Está de mal humor porque Ud. no le ha tratado de Reverencia! –murmuró al oído del joven rubio el Sr. Laruja. - ¿Qué quiere V.R. decir?, ¿qué le pasa? –preguntaron el dominico y el teniente en diferentes tonos de voz. - ¡Por eso vienen tantas calamidades!. ¡Los gobernantes sostienen a los herejes contra los ministros de Dios! –continuó el franciscano levantando sus robustos puños. - ¿Qué quiere Ud. Decir? –volvió a preguntar el
cejijunto teniente medio levantándose.
- ¡Padre, Su Excelencia es Vice Real Patrono! –gritó el militar levantándose. - ¡Qué excelencia ni qué Vice Real Patrono! –contestó el franciscano levantándose también-. En otro tiempo se le hubiera arrastrado escaleras abajo, como lo hicieron una vez las Corporaciones con el impío gobernador Bustamante. ¡Aquellos si que eran tiempos de fe! 20 - Le advierto que yo no permito... ¡Su Excelencia representa a S.M. el Rey!. - ¡Qué rey ni qué roque!, para nosotros no hay más rey que el legítimo... - ¡Alto! –gritó el teniente amenazador y como si se dirigiera a sus soldados-. O Ud. retira cuanto ha dicho o mañana mismo doy parte a S.E. - ¡Ande Ud. ahora mismo, ande Ud.! –contestó con sarcasmo Fr. Dámaso acercándosele con los puños cerrados-. ¿Cree Ud. que porque llevo hábito, me faltan...?. ¡Ande Ud. que todavía le presto mi coche!. La cuestión tomaba un giro cómico, afortunadamente intervino
el dominico.
- ¡Pues yo por accidens y por mí sé los motivos, Padre Sibyla! –interrumpió el militar que veía embrollarse en tantas distinciones y temía que si éstas seguían no saliese él todavía culpable-. Yo sé los motivos y los va V.R. a distinguir. Durante la ausencia del P. Dámaso en San Diego, enterró el coadjuntor el cadáver de una persona dignísima... sí, señor, dignísima, yo le he tratado varias veces y en su casa me he hospedado. Que jamás se haya confesado, eso, ¿qué?, yo tampoco me confieso; pero decir que se ha suicidado, es una mentira, una calumnia. Un hombre como él, que tiene un hijo en quien cifra su cariño y esperanzas, un hombre que tiene fe en Dios, que conoce sus deberes para con la sociedad, un hombre honrado y justo, no se suicida. Esto lo digo yo, y callo aquí lo demás que pienso y agradézcamelo V.R. Y volviéndole las espaldas al franciscano continuó: - Pues bien, este cura a su vuelta al pueblo, después de maltratar al pobre coadjutor, lo ha hecho desenterrar y sacarlo fuera del cementerio, para enterrarlo no sé dónde. El pueblo de San Diego ha tenido la cobardía de no protestar, verdad es que muy pocos lo supieron: el muerto no tenía ningún pariente, y su único hijo está en Europa; pero S.E. lo ha sabido y, como es hombre de recto corazón, ha pedido el castigo,... y el P. Dámaso fue trasladado a otro pueblo mejor. He aquí todo. Ahora haga Ud. sus distinciones. Y dicho esto, se alejó del grupo. - Siento mucho haber tocado, sin saberlo, una cuestión tan delicada –dijo el P. Sibyla-. Pero al fin se ha ganado en el cambio de pueblo... - ¡Qué se ha de ganar!. ¿Y lo que se pierde en los traslados... y los papeles... y las... y todo lo que se extravía? –interrumpió balbuciente, sin poderse contener de ira, Fr. Dámaso. Poco a poco volvió la reunión a su antigua tranquilidad. Habían llegado otras personas, entre ellas un viejo español,
cojo, de fisonomía dulce e inofensiva, apoyado en el brazo de una
vieja filipina, llena de rizos y pinturas y vestida a la europea.
- ¿Pero me puede Ud. decir, Sr. Laruja, qué tal es el dueño de la casa? –preguntó el joven rubio-. Yo todavía no le he sido presentado. - Dicen que ha salido: yo tampoco lo he visto. - ¡Aquí no hay necesidad de presentaciones! –intervino Fr. Dámaso-. Santiago es un hombre de buena pasta. - Un hombre que no ha inventado la pólvora -añadió Laruja. - ¡También Ud., Sr. Laruja! – exclamó con meloso reproche Dª. Victorina abanicándose-. ¿Cómo podía el pobre inventar la pólvora si, según dicen, la habían inventado ya los chinos siglos hace?. - ¿Los chinos?. ¿Está Ud. loca? –exclamó Fr. Dámaso- ¡Quite Ud.!. ¡Lo ha inventado un franciscano, uno de mi orden, Fr. no sé cuántos Savalls en el siglo... siete!.23 - ¡Un franciscano!. Bueno, ése habrá estado de misionero en China, ese P. Savalls –replicó la señora que no dejaba así sus ideas. - Schwartz querrá Ud. decir, señora –repuso F. Sibyla sin mirarla.24 - No lo sé; Fr. Dámaso ha dicho Savalls; ¡yo no hago más que repetir!. - ¡Bien!. Savalls o Chevás, ¿qué más da?. ¡Por una letra no se queda chino! –replicó malhumorado el franciscano. - Y en el siglo catorce, no en el siete –añadió el dominico en tono de correctivo, como para mortificar el orgullo del otro. - ¡Bueno, un siglo más o un siglo menos tampoco le hace dominico!. - ¡Hombre, no se enfade V.R.! –dijo el P. Sibyla sonriendo-. Tanto mejor que lo haya inventado él; así les ha ahorrado de ese trabajo a sus hermanos. - Y, ¿dice Ud., Padre Sibyla, que fue eso en el siglo catorce? –preguntó con gran interés Dª. Victorina-. ¿Antes o después de Cristo?. Felizmente para el preguntado, dos personajes entraron en la sala. |
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Capítulo
2
CRISÓSTOMO
IBARRA
| NO ERAN HERMOSAS y bien ataviadas jóvenes para llamar la atención
de todos, hasta la de Fr. Sibyla; no era S.E. el Capitán General
con sus ayudantes para que el teniente saliera de su ensimismamiento, avanzara
algunos pasos y Fr. Dámaso se quedase como petrificado: era sencillamente
el original del retrato de frac, conduciendo de la mano a un joven vestido
de riguroso luto.
- ¡Buenas noches, señores!, ¡buenas noches, Padre! –fue lo primero que dijo el Capitán Tiago besando las manos a los sacerdotes que se olvidaron de dar la bendición; el dominico se había quitado las gafas para mirar al joven recién llegado, y Fr. Dámaso, pálido y los ojos desmesuradamente abiertos. -¡Tengo el honor de presentar a Uds. a Don Crisóstomo Ibarra, hijo de mi difunto amigo! –continuó el Capitán Tiago-. El Señor acaba de llegar de Europa y he ido a recibirle. A este nombre se oyeron algunas exclamaciones; el teniente se olvidó de saludar al dueño de la casa; se acercó al joven y le examinó de pies a cabeza. Este, entonces, cambiaba las frases de costumbre con todo el grupo; no parecía presentar otra cosa de particular que su traje negro en medio de aquella sala. Su aventajada estatura, sus facciones, sus movimientos respiraban, no obstante, ese perfume de una sana juventud en que tanto el cuerpo como el alma, se han cultivado a la par. Se leían en su rostro franco y alegre, algunas ligeras huellas de la sangre española a través de un hermoso color moreno, algo rosado en las mejillas, efecto tal vez de su permanencia en los países fríos. - ¡Calla! -exclamó con alegre sorpresa-. ¡El cura de mi pueblo!. ¡P. Dámaso, el íntimo amigo de mi padre!. Todas las miradas se dirigieron al franciscano, éste no se movió. - ¡Ud. dispense, me había equivocado! –añadió Ibarra confuso. - ¡No te has equivocado! –pudo al fin contestar aquél con voz alterada-. Pero tu padre jamás fue íntimo amigo mío. Ibarra retiró lentamente la mano que había tendido; mirándole lleno de sorpresa se volvió y se encontró con la adusta figura del teniente que le seguía observando. - Joven, ¿es Ud. el hijo de D. Rafael Ibarra?. El joven se inclinó. Fr. Dámaso medio se incorporó sobre su sillón y miró de hito en hito al teniente. - ¡Bienvenido a su país y que en él sea más feliz que su padre! –exclamó el militar con voz temblorosa-. Yo le había conocido y tratado, y puedo decir que era uno de los hombres más dignos y más honrados de Filipinas. - ¡Señor! –contestó Ibarra conmovido-, el elogio que Ud. hace de mi padre disipa mis dudas sobre su suerte, que yo, su hijo, ignoro aún. Los ojos del anciano se llenaron de lágrimas, dio media vuelta y se alejó precipitadamente. Se vio el joven solo en medio de la sala; el dueño de la casa había desaparecido y no encontraba quién le presentase a las señoritas, muchas de las cuales le miraban con interés. Después de vacilar algunos segundos, con una gracia sencilla y natural se dirigió a ellas. - Permítanme Uds. –dijo- que salte por encima de las reglas de una rigurosa etiqueta. Hace siete años que falto de mi país y al volver a él no puedo contenerme sin saludar a su más precioso adorno, a sus mujeres. Como ninguna se atrevió a contestar, se vio el joven obligado a alejarse. Se dirigió al grupo de algunos caballeros, que al verlo venir, formaron un semicírculo. - ¡Señores! –dijo-, hay en Alemania una costumbre, cuando un desconocido viene a una reunión y no halla quién le presente a los demás, él mismo dice su nombre y se presenta, a lo que contestan los otros de igual manera. Permítanme Uds. este uso, no por introducir costumbres extranjeras, que las nuestras son muy bellas también, sino porque me veo obligado a ello. He saludado ya al cielo y a las mujeres de mi patria; ahora quiero saludar a los ciudadanos, a mis compatriotas. ¡Señores, yo me llamo Juan Crisóstomo Ibarra y Magsalin!. Los otros dieron sus nombres más o menos insignificantes, mas o menos desconocidos. - ¡Yo me llamo A – a! –dijo un joven secamente e inclinándose apenas. - ¿Tendré acaso el honor de hablar con el poeta, cuyas obras han mantenido mi entusiasmo por mi patria?. Me han dicho que ya no escribe Ud., pero no han sabido darme el porqué... - ¿El porqué?. Porque no se invoca a la inspiración para que se arrastre y mienta. A uno le han formado causa por haber puesto en verso una verdad de Pero Grullo. A mí me han llamado poeta, pero no me llamarán loco. - Y, ¿se puede saber qué verdad era ésa?. - Dijo que el hijo del león era también león; por poco no va desterrado. Y el extraño joven se alejó del grupo. Casi corriendo llegó un hombre de fisonomía risueña,
vestido como los naturales del país, con botones de brillantes en
la pechera; se acercó a Ibarra, le dio la mano diciendo:
Ibarra estaba encantado de tanta amabilidad; Capitán Tinong sonreía y se frotaba las manos. - ¡Gracias! –contestó afectuosamente-, pero parto mañana mismo para San Diego... - ¡Lástima!. ¡Entonces será para cuando Ud. vuelva!. - ¡La mesa está servida! –anunció un mozo del Café La Campana. La gente empezó a desfilar no sin que se hicieran de rogar mucho las mujeres, especialmente las filipinas. |
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Capítulo
3
LA CENA
| FR. SIBYLA PARECÍA muy satisfecho: andaba tranquilamente y en
sus contraídos y finos labios no se reflejaba ya el desdén;
hasta se dignaba hablar con el cojo doctor De Espadaña, que respondía
por monosílabos, pues era algo tartamudo. El franciscano estaba
de humor espantoso, pegaba puntapiés a las sillas que le obstruían
el camino y hasta dio un codazo a un cadete. El teniente, serio; los otros
hablaban con mucha animación y alababan la magnificencia de la mesa.
Dª. Victorina, sin embargo, arrugó con desprecio la nariz,
pero inmediatamente se volvió furiosa como una serpiente pisoteada;
en efecto, el teniente le había puesto el pie sobre la cola del
vestido.
- Pero, ¿es que no tiene Ud. ojos? –dijo. - Si, señora, y dos mejores que los de Ud.; pero estaba mirando esos rizos –contestó el poco galante militar y se alejó. Instintivamente los dos religiosos se dirigieron a la cabecera de la mesa, quizás por costumbre, y como era de esperar, sucedió lo que los opositores a una cátedra: ponderan con palabras los méritos y la superioridad de los adversarios, pero luego dan a entender todo lo contrario, gruñen y murmuran cuando no la obtienen. - ¡Para Ud., Fr. Dámaso!. - ¡Para Ud., Fr. Sibyla!. - ¡Más antiguo conocido de la casa... confesor de la difunta... edad, dignidad y gobierno... - ¡Muy viejo que digamos, no!. En cambio, ¡es Ud. el cura del arrabal! –contestó en tono desabrido Fr. Dámaso, sin soltar, sin embargo, la silla. - ¡Cómo Ud. lo manda, obedezco! –concluyó el P. Sibyla disponiéndose a sentarse. - ¡Yo no lo mando –protestó el franciscano-, yo no lo mando!.
- Señor Teniente, aquí estamos en el mundo y no en la Iglesia; el asiento le corresponde. Pero a juzgar por el tono de su voz, aún en el mundo le correspondía a él. El teniente, bien sea por no molestarse, o por no sentarse entre dos frailes, rehusó brevemente. Ninguno de los candidatos se había acordado del dueño de la casa. Ibarra le vio, contemplando la escena con satisfacción y sonriendo. - ¿Cómo, D. Santiago, no se sienta Ud. entre nosotros?. Pero todos los asientos estaban ya ocupados: Lúculo no comía en casa de Lúculo.28 - ¡Quieto!, ¡no se levante Ud.! –dijo Capitán Tiago poniendo la mano sobre el hombro del joven-. Precisamente esta fiesta es para dar gracias a la Virgen por su llegada de Ud. ¡Oy!,29 que traigan la tinola. Mandé hacer tinola por Ud., que hace tiempo no lo habrá probado. Trajeron una gran fuente que humeaba. El dominico, después de murmurar el Benedicite,30 al que casi nadie supo contestar, principió a repartir el contenido. Pero sea por descuido u otra cosa, al P. Dámaso le tocó el plato donde entre mucha calabaza y caldo nadaban un cuello desnudo y un ala dura de gallina, mientras los otros comían piernas y pechugas, principalmente Ibarra, a quien le cupieron en suerte los menudillos. El franciscano vio todo, machacó los calabacines, tomó un poco de caldo, dejó caer la cuchara con ruido y empujó bruscamente el plato hacia delante. El dominico estaba muy distraído hablando con el joven rubio. - ¿Cuánto tiempo hace que falta Ud. en el país? –preguntaba Laruja a Ibarra. - Casi unos siete años. - ¡Vamos, ya se habrá Ud. olvidado de él!. - Todo lo contrario: y aunque mi país parecía haberme olvidado, siempre he pensado en él. - ¿Qué quiere Ud. decir? –preguntó el rubio. - Quería decir que hace un año he dejado de recibir, noticias de aquí, de tal manera que me encuentro como un extraño, ¡qué ni aun sabe cuándo ni cómo murió su padre!. - ¡Ah! –exclamó el teniente. - Y ¿dónde estaba Ud. que no ha telegrafiado? –preguntó Dª Victorina-. Cuando nos casamos, telegrafiamos a la Peñínsula. - Señora, estos dos últimos años estaba en el Norte de Europa: en Alemania y en la Polonia rusa. El Doctor De Espadaña, que hasta ahora no se había atrevido a hablar, creyó conveniente decir algo. - Co... conocí en España a un polaco de Va... Varsovia, llamado Stadtnitzki, si mal no recuerdo; ¿le ha visto Ud. por ventura? –preguntó tímidamente y casi ruborizándose. - Es muy posible –contestó con amabilidad Ibarra-, pero en este momento no lo recuerdo. - ¡Pues, no se le podía co... confundir con otro! –añadió el Doctor, que cobró ánimo-; era rubio como el oro y hablaba mal el español. - Buenas señas son, pero desgraciadamente allá no he hablado una palabra de español más que en algunos consulados. - Y ¿cómo se arreglaba Ud.? –preguntó admirada Dª Victorina. - Me servía del idioma del país, señora. - ¿Habla Ud. también inglés? –preguntó el dominico que había estado en Hong-Kong y hablaba bien el Pidgin-English, esa adulteración del idioma de Shakespeare por los hijos del Imperio Celeste. - He estado un año en Inglaterra entre gentes que sólo hablaban el inglés. - Y ¡cuál es el país que más le gusta a Ud. en Europa? –preguntó el joven rubio. - Después de España, mi segunda patria, cualquier país de la Europa libre. -Y Ud. que parece haber viajado tanto... vamos, ¿qué es
lo mas notable que ha visto? –preguntó Laruja.
- Notable ¿en que sentido?. - Por ejemplo... en cuanto a la vida de los pueblos... vida social, política, religiosa, en general, en la esencia, en el conjunto... Ibarra se puso a meditar largo rato. - Francamente, de sorprendente en esos pueblos, quitando el orgullo
nacional de cada uno... Antes de visitar un país, procuraba estudiar
su historia, su Éxodo, si puedo decirlo, y después todo lo
hallaba natural; he visto siempre que la prosperidad o la miseria de los
pueblos están en razón directa de sus libertades o preocupaciones,
y por consiguiente de los sacrificios y egoísmos de sus antepasados.
Ibarra se le quedó viendo sin saber qué decir: los demás, sorprendidos, miraban al uno y al otro, y temían un escándalo. “La cena toca a su fin y S.R. está ya harto”, iba a decir el joven, pero se contuvo y sólo dijo lo siguiente: - Señores, no se extrañen Uds. de la familiaridad con que me trata nuestro antiguo cura: así me trataba cuando niño, pues para Su Reverencia en vano pasan los años; pero se lo agradezco porque me recuerda al vivo aquellos días, cuando S.R. visitaba frecuentemente nuestra casa y honraba la mesa de mi padre. El dominico miró furtivamente al franciscano que se había puesto tembloroso. Ibarra continuó, levantándose: - Uds. me permitirán que me retire, porque acabo de llegar y teniendo que partir mañana mismo, me quedan muchos negocios por evacuar. Lo principal de la cena ha terminado y yo tomo poco vino y apenas pruebo licores. ¡Señores, todo sea por España y Filipinas!. Y apuró una copita que hasta entonces no había tocado. El viejo teniente le imitó pero sin decir palabra. - ¡No se vaya Ud.! –le decía Capitán Tiago en voz baja-. Ya llegará María Clara: ha ido a sacarla Isabel. Vendrá el nuevo cura de su pueblo, que es un santo. - ¡Vendré mañana antes de partir!. Hoy tengo que hacer una importantísima visita. Y partió. Entretanto el franciscano se desahogaba. - ¿Ud. lo ha visto? –decía el joven rubio gesticulando con el cuchillo de postres-. ¡Eso es por orgullo!. ¡No pueden tolerar que el cura los reprenda!. ¡Ya se creen personas decentes!. Es la consecuencia de enviar los jóvenes a Europa. El gobierno debía prohibirlo. - Y ¿el teniente? –decía Dª. Victorina haciéndole coro al franciscano-; toda la noche no ha desarrugado el entrecejo; ha hecho bien en dejarnos. ¡Tan viejo y aún es teniente!. La señora no podía olvidar la alusión a sus rizos y el pisoteado encañonado de sus enaguas. Aquella noche escribía el joven rubio entre otras cosas el capítulo siguiente de sus Estudios Coloniales: “De cómo un cuello y un ala de pollo en el plato de la tinola de un fraile pueden turbar la alegría de un festín”. Y entre sus observaciones había éstas: “En Filipinas la persona más inútil en una cena o fiesta es la que la da: al dueño de la casa pueden empezar por echarle a la calle y todo seguirá tranquilamente”. “En el estado actual de las cosas, casi es hacerles un bien el no dejar a los filipinos salir de su país, ni enseñarles a leer...”. |
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
4
HEREJE
Y FILIBUSTERO
| IBARRA ESTABA indeciso. El viento de la noche, que por esos meses suele
ser bastante fresco en Manila, pareció borrar de su frente la ligera
nube que la había oscurecido: se descubrió y respiró.
Pasaban coches como relámpagos, calesas de alquiler a paso moribundo, transeúntes de diferentes nacionalidades. Con ese andar desigual, que da a conocer al distraído o al desocupado, se dirigió el joven hacia la plaza de Binondo, mirando a todas partes como si quisiera reconocer algo. Eran las mismas calles con las mismas casas de pinturas blancas y azules y paredes blanqueadas o pintadas al fresco imitando mal el granito; la torre de la iglesia seguía ostentando su reloj con la traslúcida carátula; eran las mismas tiendas de chinos con sus cortinas sucias y sus varillas de hierro, una de las cuales había él torcido una noche, imitando a los chicos mal educados de Manila: nadie la había enderezado. - ¡Se va despacio! –murmuró y siguió la calle de la Sacristía. Los vendedores de sorbetes seguían gritando: ¡Sorbeteeee!, huepes32 alumbraban aún los mismos puestos de chinos y de mujeres que vendían comestibles y frutas. - ¡Es maravilloso! –exclamó-. Es el mismo chino de hace siete años, y la vieja... ¡la misma!. ¡Se diría que esta noche he soñado en siete años por Europa!... y ¡Santo Dios!, ¡continúa aún desarreglada la piedra como cuando la dejé!. En efecto, estaba aún desprendida la piedra de la acera que forma la esquina de la calle S. Jacinto con la de la Sacristía. Mientras contemplaba esta maravilla de la estabilidad urbana en el país de lo inestable, una mano se posó suavemente sobre su hombro: levantó la cara y se encontró con el viejo teniente que le contemplaba casi sonriendo: el militar no tenía ya aquella expresión dura ni aquellas cejas que tanto le caracterizaban. - ¡Joven, tenga Ud. cuidado!. ¡Aprenda Ud. de su padre! –le dijo. - Ud. perdone, pero me parece que Ud. ha estimado mucho a mi padre. ¿Podría Ud. decirme cuál ha sido su suerte?. –preguntó Ibarra mirándole. - ¿Qué no la sabe Ud.? –preguntó el militar. - Se lo he preguntado a D. Santiago, pero no me prometió referirlo sino hasta mañana. ¿Lo sabe Ud. por ventura?. - ¡Ya lo creo, como todo el mundo!. Murió en la cárcel. El joven retrocedió un paso y miró al teniente de hito en hito. - ¿En la cárcel?. ¿Quién murió en la cárcel?. –preguntó. - ¡Hombre, su padre de Ud., que estaba preso!. -contestó el militar algo sorprendido. - ¿Mi padre... en la cárcel..., preso en la cárcel?. ¿Qué dice Ud.?. ¿Sabe Ud. quién era mi padre?. ¿Está Ud. ...? -preguntó el joven cogiéndole del brazo al militar. - Me parece que no me engaño, D. Rafael Ibarra. - ¡Sí, D. Rafael Ibarra! –repitió el joven débilmente. - ¡Pues yo creía que Ud. lo sabía! –murmuró el militar con acento lleno de compasión al leer lo que pasaba en el alma de Ibarra-, yo suponía que Ud. ... ¡Pero tenga Ud. valor!. ¡Aquí no se puede ser honrado sin haber ido a la cárcel!. - Debo creer que Ud. no juega conmigo –repuso Ibarra en voz débil después de algunos instantes de silencio-. ¿Podría Ud. decirme por qué estaba en la cárcel?. El anciano pareció reflexionar. - A mi me extraña mucho que no le hayan a Ud. enterado de los negocios de su familia. - Su última carta de hace un año me decía que no me inquietase si no me escribía, pues estaría muy ocupado; me recomendaba siguiese estudiando... ¡me bendecía!. - Pues entonces esa carta la escribió a Ud. antes de morir: pronto será un año que le enterramos en su pueblo. - ¿Por qué motivo estaba preso mi padre?. - Por un motivo muy honroso. Pero sígame Ud. que tengo que ir al cuartel, se lo contaré andando. Apóyese Ud. en mi brazo. Anduvieron por algún tiempo en silencio: el anciano parecía reflexionar y pedir inspiración a su perilla que acariciaba. - Como Ud. sabe muy bien –comenzó diciendo-, su padre era el más rico de la provincia, y aunque era amado y respetado por muchos, otros en cambio le odiaban o envidiaban. Los españoles que venimos a Filipinas no somos desgraciadamente lo que debíamos: digo esto tanto por uno de sus abuelos de Ud. como por los enemigos de su padre. Los cambios continuos, la desmoralización de las altas esferas, el favoritismo, lo barato y lo corto del viaje tienen la culpa de todo: aquí viene lo más perdido de la Península, y si llega uno bueno, pronto lo corrompe el país. Pues bien, su padre de Ud. tenía entre los curas y los españoles muchísimos enemigos. Aquí hizo una breve pausa. - Meses después de su salida de Ud., comenzaron los disgustos con el P. Dámaso, sin que yo pueda explicarme el verdadero motivo. Fr. Dámaso le acusaba de no confesarse: antes tampoco se confesaba y sin embargo eran amigos, como Ud. recordará aún. Además, D. Rafael era un hombre muy honrado y más justo que muchos que confiesan y se confiesan: tenía para sí una moral muy rígida y solía decirme cuando me hablaba de estos disgustos: Señor Guevara, ¿cree Ud. que Dios perdona un crimen, un asesinato por ejemplo, sólo con decirlo a un sacerdote, hombre al fin que tiene el deber de callarlo y temer tostarse en el infierno, que es el acto de atrición?. ¿Con ser cobarde, desvergonzado sobre seguro?. Yo tengo otra idea de Dios, decía; para mi, ni se corrige un mal con otro mal, ni se perdona con vanos lloriqueos, ni con limosnas a la Iglesia. Y me ponía este ejemplo: si yo he asesinado a un padre de familia, si he hecho de una mujer una viuda infeliz y de unos alegres niños huérfanos desvalidos, ¿habré satisfecho a la eterna Justicia con dejarme ahorcar, confiar el secreto a uno que me lo ha de guardar, dar limosnas a los curas, que menos las necesitan, comprar la bula de composición o lloriquear noche y día?. ¿Y la viuda y los huérfanos?. Mi conciencia me dice que debo sustituir en lo posible a la persona que he asesinado, consagrarme todo y por toda mi vida al bien de esa familia cuya desgracia hice, y aún así, ¿quién sustituye el amor del esposo y del padre?. Así razonaba su padre de Ud. y con esta moral severa obraba siempre y se puede decir que jamás ha ofendido a nadie; por el contrario, procuraba borrar con buenas obras ciertas injusticias que él decía habían cometido sus abuelos. Pero volviendo a sus disgustos con el cura, estos tomaban mal carácter; el P. Dámaso le aludía desde el púlpito y si no le nombraba claramente era un milagro, pues de su carácter todo se podía esperar. Yo preveía que tarde o temprano la cosa iba a terminar mal. El viejo teniente volvió a hacer otra breve pausa. - Recorría entonces su provincia un ex artillero, arrojado de las filas por demasiado bruto e ignorante. Como el hombre tenía que vivir y no le era permitido dedicarse a trabajos corporales que podrían dañar a nuestro prestigio, obtuvo de no sé quién el empleo de recaudar impuestos sobre vehículos. El infeliz no había recibido educación ninguna, y los indios lo conocieron bien pronto: para ellos es un fenómeno un español que no sabe leer ni escribir. Todo era burlarse del desgraciado, que pagaba con sonrojos el impuesto que cobraba y conocía que era objeto de burla, lo cual agriaba más su carácter, rudo y malo ya de antemano. Dábanle intencionadamente lo escrito al revés; él hacía ademán de leerlo y firmaba en donde veía blanco con garabatos que le representaban con propiedad. Los indios pagaban pero se burlaban; él tragaba saliva pero cobraba y en esta disposición de ánimo no respetaba a nadie y con su padre de Ud. había llegado a cambiar muy duras palabras. Sucedió que un día, mientras daba vueltas a un papel que en una tienda le habían entregado, deseando ponerlo al derecho, un chico de la escuela empezó a hacer señas a sus compañeros, reírse y señalarle con el dedo. El hombre oía las risas y veía la burla retozar en los serios semblantes de los presentes; perdió la paciencia, volviéndose rápidamente y empezó a perseguir a los muchachos que corrieron gritando, ba, be, bi, bo, bu. Ciego de ira y no pudiendo darles alcance, les arroja su bastón que hiere a uno en la cabeza y le derriba; corre entonces a él, le patea y ninguno de los presentes que se burlaban tuvo el valor de intervenir. Por desgracia pasaba por allí su padre; indignado, corre hacia el cobrador, le coge del brazo y le increpa duramente. Este, que sin duda vería todo rojo, levanta la mano, pero su padre no le dio tiempo, y con esa fuerza que delata al nieto de los vascongados... unos dicen que le pegó, otros que se contentó con empujarle; el caso es que el hombre vaciló, cayó a algunos pasos dando de cabeza contra una piedra. D. Rafael levanta tranquilamente al niño herido y lo lleva a tribunal. El ex artillero arrojaba sangre por la boca y ya no volvió en sí, muriendo algunos minutos después. Como era natural, intervino la justicia, su padre fue preso y todos los enemigos ocultos se levantaron entonces. Llovieron las calumnias, se le acusó de filibustero33 y hereje: ser hereje es en todas partes una gran desgracia, sobre todo en aquella época, cuando la provincia tenía por alcalde a un hombre que hacía gala de devoción, que con sus criados rezaba en la iglesia en voz alta el rosario, quizás para que le oyesen todos y rezasen con él; pero ser filibustero es peor que ser hereje y matar tres colaboradores de impuestos que saben leer, escribir y hacer distinciones. Todos le abandonaron; sus papeles y libros fueron recogidos. Se le acusó por suscribir a El Correo de Ultramar y a periódicos de Madrid, por haberle a Ud. enviado a la Suiza alemana, por habérsele encontrado cartas y el retrato de un ajusticiado sacerdote ¡y qué sé yo más!. De todo se deducían acusaciones, hasta del uso de la camisa, siendo descendiente de peninsulares. De haber sido otro su padre de Ud. acaso hubiera salido pronto libre, pues hubo un médico que atribuyó la muerte del desgraciado cobrador a una congestión; pero, su fortuna, su confianza en la justicia y su odio a todo que no fuere legal ni justo, le perdieron. Yo mismo, a pesar de mi repugnancia a implorar la merced de nadie, me presenté al Capitán General, al antecesor del que tenemos: le hice presente que no podía ser filibustero quien acoge a todo español, pobre o emigrado, dándoles techo y mesa y en cuyas venas hierve aún la generosa sangre española; en vano respondí con mi cabeza, juré por mi pobreza y mi honor militar y sólo conseguí ser mal recibido, peor despedido y el apodo de chiflado. El anciano se detuvo para tomar aliento, y viendo el silencio de su compañero, que escuchaba sin mirarle, prosiguió: - Hice las diligencias del pleito por encargo de su padre. Acudí al célebre abogado filipino, el joven A., pero rehusó encargarse de la causa. “Yo la perdería”, me dijo. “Mi defensa sería un motivo de nueva acusación para él y quizás para mí. Acuda Ud. al Sr. M., que es un orador vehemente, de fácil palabra, peninsular y que goza de muchísimo prestigio”. Así lo hice y el célebre abogado se encargó de la causa que defendió con maestría y brillantez. Pero los enemigos eran muchos y algunos ocultos y desconocidos. Los falsos testigos abundaban y sus calumnias, que en otra parte se hubieran disipado en una frase irónica o sarcástica del defensor, aquí tomaban cuerpo y consistencia. Si el abogado conseguía anularlos poniéndolos en contradicción entre sí y consigo mismos, pronto renacían otras acusaciones. Le acusaron de haberse apoderado injustamente de muchos terrenos, y pidieron indemnización de daños y perjuicios; dijeron que mantenía relaciones con los tulisanes para que sus sembrados y animales fueran respetados. Al fin, embrollóse el asunto de tal manera que al cabo de un año nadie se entendía. El alcalde tuvo que dejar su puesto; vino otro que tenía fama de recto, pero éste, por desgracia, apenas estuvo meses; y el que le sucedió amaba demasiado los buenos caballos. Los sufrimientos, los disgustos, las incomodidades de la prisión o el dolor de ver a tantos ingratos, alteraron su salud de hierro y enfermó de ese mal que sólo la tumba cura. Y cuando todo iba a terminarse, cuando iba a salir absuelto de la acusación de enemigo de la Patria y de la muerte del cobrador, murió en la cárcel sin tener a su lado a nadie. Yo llegué para verle expirar. El anciano se calló; Ibarra no dijo una sola palabra. Entretanto habían llegado a la puerta del cuartel. El militar se detuvo y tendiéndole la mano, le dijo: - Joven, los pormenores pídaselos a Capitán Tiago. Ahora, ¡buenas noches!, es menester que vea si ocurre algo nuevo. Ibarra estrechó con efusión, en silencio, aquella mano descarnada y en silencio le siguió con los ojos hasta que desapareció. Volvióse lentamente y vio un coche que pasaba; hizo una seña al cochero. - ¡Fonda de Lala! –dijo con acento apenas inteligible. - Este debe venir del calabozo –pensó para sí el cochero, dando un latigazo a sus caballos. |
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NOLI
ME TANGERE
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Capítulo
5
UNA ESTRELLA
EN NOCHE OSCURA
| IBARRA SUBIÓ a su cuarto que da al río, dejóse
caer sobre el sillón mirando al espacio que se ensanchaba delante
de él gracias a la abierta ventana.
La casa de enfrente, a la otra orilla, estaba profusamente iluminada y llegaban hasta él alegres acordes de instrumentos de cuerda en su mayor parte. Si el joven hubiera estado menos preocupado y, más curioso, hubiese querido ver con la ayuda de unos gemelos lo que pasaba en aquella atmósfera de luz, habría admirado una de esas fantásticas visiones, una de esas apariciones mágicas que a veces se ven en los grandes teatros de Europa, en que a las apagadas melodías de una orquesta se veía aparecer en medio de una lluvia de luz, de una cascada de diamantes y oro, en una decoración oriental, envuelta en vaporosa gasa, una deidad, una sílfide que avanza sin tocar casi el suelo, rodeada y acompañada de un luminoso nimbo: a su presencia brotan las flores, retoza la danza, se despiertan armonías, y coros de diablos, ninfas, sátiros, genios, zagalas, ángeles y pastores bailan, agitan panderetas, hacen evoluciones y depositan a los pies de la diosa cada cual un tributo. Ibarra habría visto una joven hermosísima, esbelta, vestida con el pintoresco traje de las hijas de Filipinas, en el centro de un semicírculo formado de toda clase de personas, gesticulando y moviéndose con animación: allí había chinos, españoles, filipinos, militares, curas, viejas, jóvenes, etc. El P. Dámaso estaba al lado de aquella beldad, el P. Dámaso sonreía como un bienaventurado; Fr. Sibyla, el mismo Fr. Sibyla le dirigía la palabra y Dª. Victorina arreglaba en la magnífica cabellera de la joven una sarta de perlas y brillantes que reflejaban los hermosísimos colores del prisma. Ella era blanca, demasiado blanca tal vez; los ojos, que casi siempre los tenía bajos, enseñaban el alma purísima cuando los levantaba, y cuando ella sonreía y descubría sus blancos y pequeños dientes, se diría que una rosa es sencillamente un vegetal, y el marfil, un colmillo de elefante. Entre el tejido transparente de la piña34 y alrededor de su blanco y torneado cuello pestañeaban, como dicen los tágalos, los alegres ojos de un collar de brillantes. Un solo hombre no parecía sentir su influencia luminosa, si se puede decir: era éste un joven franciscano, delgado, demacrado, pálido, que la contemplaba inmóvil, desde lejos, como una estatua, casi sin respirar. Pero Ibarra no veía nada de esto: sus ojos veían otra
cosa. Cuatro desnudos y sucios muros encerraban un pequeño espacio;
en uno de aquellos, allá arriba, había una reja; sobre el
sucio y asqueroso suelo, una estera, y sobre la estera, un anciano agonizando:
el anciano, que respiraba con dificultad, volvía a todas partes
la vista y pronunciaba llorando un nombre; el anciano estaba solo; se oía
de cuando en cuando el ruido de una cadena o un gemido al través
de la pared... y luego allá a lo lejos un alegre festín,
casi una bacanal, un joven ríe, grita, derrama el vino sobre las
flores a los aplausos y a la embriagada risa de los demás. Y ¡el
anciano tenía las facciones de su padre, el joven se le parecía
a él y el nombre que aquél pronunciaba llorando era
el suyo!.
El silencio había soplado su hueco aliento sobre Manila, y todo parecía dormir en los brazos de la nada; oíase el canto del gallo alternar con los relojes de las torres y con el melancólico grito de alerta del aburrido centinela; un pedazo de luna empezaba a asomarse; todo parecía descansar, sí, el mismo Ibarra dormía ya también, cansado quizás de sus tristes pensamientos o del viaje. Pero el joven franciscano, que vimos hace poco inmóvil y silencioso en medio de la animación de la sala, no dormía, velaba. Con el codo sobre el antepecho de la ventana de su celda, el pálido y enflaquecido rostro apoyado en la palma de su mano, miraba silencioso a lo lejos una estrella que brillaba en el oscuro cielo. La estrella palideció y se eclipsó, la luna perdió sus pocos fulgores de luna menguante, pero el fraile no se movió de su sitio: miraba entonces al lejano horizonte que se perdía en la bruma de la mañana, hacia el campo de Bagumbayan35, hacia el mar que dormía aún. |